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También sintieron amor a primera vista por la cerámica de Picasso, que comenzaron a coleccionar en los 80, cuando aún esta no se había revalorizado. "Nos hicimos de una primera pieza y nos divertimos muchísimo conella, como si fuera un juguete. Nos dio también ideas de decoración”. Después compraron algunas obras a Alain Ramié —hijo de Georges y Suzanne Ramié, creadores del Atelier Madoura, donde enseñaron a Picasso técnicas tradicionales durante su estancia en Vallauris entre 1948 y 1955—. En Tarascon, durante una exposición de cerámica del maestro malagueño, conocieron a personas del círculo del pintor, como su barbero Eugenio Arias o el fotógrafo André Villers, quien les vendió unas fotos. Desde entonces, por puro entretenimiento, su esposo se puso a seguir pistas: “a partir de un plato, iba buscando el resto hasta tener el juego completo, y entonces lo vendía como conjunto. Hemos tenido la suerte de vivir con algunos muy hermosos, pero esta profesión también te enseña a no tenerles demasiado apego”. El amor por Picasso estuvo presente hasta el final. “Su última adquisición fue un retrato de Jacqueline con fondo azul, casi de Madonna. Ya muy enfermo, vendió el Grand Vase Écossais...